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CON
INMENSA GRATITUD A ARRABAL
Por ARMANDO ÁLVAREZ BRAVO
Palabras
leídas en el homenaje ofrecido
por
el PEN Club de Escritores Cubanos en el Exilio,
a
Fernando Arrabal, en el Koubek Center,
15
de noviembre del 2008.
Nunca
olvidaré que Ana María, mi madre, siempre decía cuando ocurría
algo que impedía que sucediese algo que se esperaba y se tenía
previsto: “El hombre propone, Dios dispone, viene el diablo, mete la
pata y lo descompone”. El pasado año ocurrió algo de esta
naturaleza. El escritor Fernando Arrabal, al que esperábamos, se cayó
de lo alto de una escalera de su biblioteca y se rompió una pierna,
lo que impidió su viaje a Miami, donde el PEN Club de Escritores
Cubanos en el Exilio, que me honro en presidir, le iba a rendir un
merecido homenaje. No pudo ser por la caída, lo que demuestra que es
tan peligroso subirse a una escalera como pasar bajo ella.
Ahora
ese acto es posible porque o Arrabal ya no sube peligrosas escaleras o
se ha entrenado para evitar funestas y dolorosas caídas. Esto nos
permite expresarle nuestra gratitud en doble cuantía a un escritor de
una múltiple obra de primer rango e, igualmente, a un demócrata del
que los cubanos, y todos los amantes de la libertad, somos deudores.
Le debemos a Arrabal, además, en un momento en que demasiados
creadores e intelectuales hacían el juego ─juego ¡ay! que no
cesa─ al régimen castrista, un libro que constituye tanto una
denuncia como una impugnación de esa aberración
histórica. Se trata de 1984: Carta a Fidel Castro. Un volumen
cuyo valor intrínseco alcanzó una proyección y difusión mayores
por la importancia y jerarquía de su autor. También le debemos su
tenaz apoyo a la causa de la libertad cubana, que ha hallado expresión
en cartas, adhesiones y otros gestos que muchos no se han atrevido ni
atreven a realizar.
La
biografía y la bibliografía de Arrabal, que vive exiliado en Francia
desde 1955, es esteparia. Y no es lo cuantitativo (que siempre cuenta)
lo que acrecienta su valor y fascinación, es la encarnación en
palabras de un universo que siempre he creído está regido por la
desmesura. Escritor controvertido que ya es elemento permanente del
canon que marca lo
esencial literario del siglo que dejamos atrás, el fundador, en 1963,
con Alejandro Jodorowsky y Roland Topor del Grupo Pánico, ha sido
visto y definido de múltiples formas.
Así,
el Dictionnaire des littératures de langue française, dice que “es
el autor de un teatro genial, brutal, sorprendente y gozosamente
provocador... Un carnaval dramático en que la chatarra de nuestras
sociedades “avanzadas” se achicharra en la pista festiva de una
revolución permanente. Hereda la lucidez de un Kafka y el humor de un
Jarry; por su violencia está vinculado a Sade y Artaud. Pero es, sin
lugar a dudas, el único escritor que ha llevado la irrisión a sus
extremos. Profundamente político y gozosamente juguetón, tanto
revolucionario como bohemio, su obra es el síndrome de nuestro siglo
de alambradas y Gulags: una manera de mantenerse alerta”.
Todo
lo anterior está destilado en su más por esta afirmación del poeta
Vicente Aleixandre: “...el conocimiento que aporta Arrabal está teñido
de una luz moral que está en la materia misma de su arte”. De esta
suerte, la desmesura, el exceso, la intensidad, el engañoso delirio,
la violencia, el absurdo, lo aparente y su reverso, y todas las
precisiones que quieran agregarse en torno a la creación del escritor
se constituyen en la otra cara de la moneda para configurar a un
provocador que, aunque no se haga evidente de inmediato, es una
criatura en que, final y paradójicamente, prevalece el latido de un
orden, tan justo como natural, que no cesa de arrebatarse al hombre de
infinitas formas.
En
su andadura, el temprano conocimiento del dolor configuraría con su
enigma y su evidencia y su proyección al tiempo por venir a quien
Milan Kundera define como un jugador. Así, escribe: “Hay jugadores
que no se toman nada en serio. Y hay hombres que desafían a los
tribunales y a la prisión. Pero pocas veces se ven jugadores que no
se toman nada en serio y que desafían tribunales y prisiones. Incluso
cuando desafía a Franco y a Castro, Arrabal no es un contestatario,
un predicador militante. Es un hombre que juega. Concibe el arte como
un juego, y el mundo se convierte en un juego en cuanto lo toca. Pero
este siglo es un terreno donde los juegos están prohibidos, una
trampa preparada para los jugadores...”
Pero
he aquí que ese jugador empedernido en un tiempo en que jugar es muy
peligroso,
eleva
el absoluto de lo lúdico a sentencia firme y le imprime el valor
incontrovertible de unos valores morales permanentes a pesar de todo
cuanto lo niegue, como el abominable proceder totalitario. De esta
suerte, en lo oportuno de su “inoportunidad”, un libro como 1984:
Carta a Fidel Castro trastoca la fijeza de la infamia del lugar común
de estirpe estalinista y cambia o toca corrosivamente, aunque las
apariencias no lo traduzcan en la inmediatez, la perspectiva de la
adhesión o la tolerancia, producto de la confusión o del oportunismo
y la malignidad, de quienes se empeñan en despojarnos de lo único
que cuenta: nuestra posibilidad de elegir. Ellos son, como el nombre y
esencia de un espantoso demonio, Legión.
Deseo
subrayar algo sobre la persona, pensamiento y conducta de Arrabal.
Todos se cumplen en sus máximos, sin peros de ninguna suerte. Como
debe ser. Por ello, al expresarle nuestra gratitud por su puntual y
constante defensa de Cuba y de su pendiente posibilidad, no podemos
dejar de señalar que en su caso, a diferencia de otros creadores e
intelectuales, su compromiso ha sido tan diáfano como impactante. Así,
en una entrevista que le hizo Claudine Lagrive, cuando le pregunta años
después de la publicación de su 1984: Carta a Fidel Castro, que si
tuviera que añadir algo nuevo enviándole un telegrama, ¿que le
escribiría?, su respuesta mantiene plena vigencia: “Mussolini fue
colgado por los pies y usted será arrojado por el pueblo a las
letrinas de la Historia como Heliogábalo. ¡Basta ya!”
La
pendiente posibilidad cubana, contra la que tantos conspiran, necesita
amigos constantes como Arrabal. Por ello, quiero agregar que se cuide
mucho de las escaleras y los quicios. Y, lo más importante, decirle
una vez más y siempre, gracias. Enormísima es nuestra gratitud.
Somos sus deudores.
Miami, 2008
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